RELATO: "LA CAZA DEL ZORRO", de Dori Espejo



Esta es la segunda entrega de relatos que publiqué en la revista literaria digital Juegos Florales

Inspirada en un hecho real, esta historia muestra que las cosas muchas veces no son lo que parecen ;)






La Caza del Zorro
Dori Espejo



Ocurrió hace unos años, cuando aún era joven -aunque a decir verdad, tampoco es que sea tan viejo-, y quedé con mis amigos para divertirnos con la caza del zorro.

El juego era así: nos reuníamos un grupo grande de chavales, uno se la quedaba de zorro y tenía que esconderse en algún lugar de la zona que hubiésemos elegido. Todos contábamos con un mapa donde definíamos claramente el territorio. Debía ser muy amplio, abarcando varios kilómetros. En realidad, se trataba de jugar al escondite a gran escala. Siempre lo hacíamos por el campo (bastante lejos de la ciudad) y de noche, para conferirle dificultad al asunto, ¡era muy emocionante!

Todos teníamos walkie talkies y de vez en cuando, el zorro tenía que dar una pista. Los cazadores nos uníamos por grupos que podían ser más o menos numerosos, dependiendo de cuántos nos habíamos reunido a jugar.

Aquella noche pintaba mucho mejor porque, al ser invierno y con viento, la escena se tornaba más siniestra e interesante. Tengo que aclarar que la caza del zorro se hacía en coche pero en aquél tiempo todavía no teníamos calefacción (al menos entre los que formábamos el grupo) y esa noche era fácil quedarse helado de frío -más aún con lo que después nos pasó-.

En el seat panda de mi amigo Rafa, íbamos cuatro. Llevábamos unas cervezas y patatas para picotear. ¡Nunca se sabía cuánto tardaría la partida! Dependía mucho del ingenio del zorro y de la habilidad de los participantes, por supuesto.

Debo confesar que, aquella noche, fue la última vez que jugamos a eso. Del susto que pasamos no nos quedaron ganas de repetir. No lo decíamos abiertamente pero proponíamos cualquier otra cosa con tal de evitar el dichoso juego. Lo cierto es que hacíamos todo lo posible por quitarles las ganas a los demás, ¡y lo conseguíamos! Aquella visión se nos quedó tan clavada que uno de los que la presenció, estuvo bastante tiempo con pesadillas e insomnio. No era para menos.

Hacía casi una hora que estábamos buscando al zorro. Nos estábamos riendo mucho haciendo bromas de la pista “guasona” que nos había dado. No recuerdo bien cuáles fueron los comentarios pero nos tronchábamos de risa. Seguimos metiéndonos por caminos polvorientos que no conocíamos, hasta que llegamos a uno que terminaba en un rellano y no tenía salida. Dimos la vuelta y nos quedamos mirando una casa vieja, abandonada, que en ese momento quedaba a nuestra izquierda. Pensábamos que tal vez, al otro lado de la casa -donde había un enorme árbol-, podía estar escondido el zorro.

El viento seguía soplando, no había más luz que la de nuestro coche. La noche estaba completamente cerrada. Nos detuvimos porque, justo en ese momento, nos empezó a dar la segunda pista. De pronto, de aquella casa encantada, salieron tres ánimas negras. Sí, ¡te lo juro! ¡Tres ánimas negras! Todos las vimos, no fui el único. Venían hacia nosotros, tan oscuras que no se les distinguían las caras y llevaban una luz tenue para llevarnos al otro mundo. ¡Qué horror! ¡Nos liamos a gritar como locos, diciéndole a Rafa que apretara el acelerador! Para colmo, se le caló el coche y aquellos espectros seguían acercándose... La más alta estaba en medio y las otras dos, un poco más atrás. Andaban con sigilo y no se paraban: ¡venían a por nosotros! Y yo pensando: “¡nada, que estas nos pillan!” ¡Qué mal rato!, ¡Dios, no he pasado más miedo en mi vida! Y Rafa, atacado de los nervios que no atinaba, ¡se me hizo eterno! Los tres gritándole: ¡Vamos tío, arranca de una vez!, ¡qué vienen, tío venga, arranca!


Es la única experiencia paranormal que he pasado, ¡fue horrible! ¡Cosa más macabra no se ha visto! Esos tres espíritus viniendo a por nosotros... Mira: ¡hasta los vellos se me ponen de punta con sólo recordarlo! ¡No se me olvidará en la vida! ¡En la vida!


***


Era una noche fría, muy fría, y no teníamos luz. Usábamos velas y un quinqué como antiguamente pues vivíamos bastante lejos de la población, en una zona rural, donde todavía la electricidad no había llegado. Nuestra casa aún estaba en obras.

Los niños correteaban a nuestro alrededor. Hacía rato que habían cenado, pero como era sábado, los dejamos más tiempo jugando antes de mandarlos a dormir. Nosotras estábamos sentadas alrededor de la mesa, donde teníamos un brasero que aliviaba ese intenso frío que había en el resto de la casa. Entre todo el jaleo que nuestros hijos estaban formando pudimos de pronto, escuchar un coche. Era muy raro que hasta allí llegaran los coches. Y sólo ese hecho, ya nos sobresaltaba. Si le sumamos que era de noche, puedes imaginar cómo nos sentimos. Además, se escuchaban risas y voces. Nos dio miedo, mucho miedo, porque estábamos solas en medio de la nada. Ordenamos a los niños imperativamente que se mantuvieran en silencio. Pero sólo fue para asegurarnos que no hablasen hasta que les diéramos permiso, porque ellos -al igual que nosotras-, se quedaron paralizados cuando escucharon al coche llegar. Finalmente, decidimos salir, liadas en mantas a ver quiénes eran. Ya habíamos escuchado eso de la moda de la caza del zorro y nos habían advertido que tuviéramos cuidado pues muchas veces, se emborrachaban y hacían gamberradas. Pero salimos. Decidimos ver qué pasaba.

Nos fuimos acercando poco a poco tratando de mantener a resguardo del fuerte viento que soplaba, la única luz que llevábamos. Mi madre, mi hermana y yo. Tres mujeres solas sin saber si aquellos hombres eran peligrosos o no.

Para nuestra sorpresa, antes de que les pudiéramos preguntar si se habían perdido, los hombres se desencajaron de terror. Nos miraban como si fuésemos bichos raros o algo peor. Al conductor se le caló el coche y los demás gritaban como locos: “¡Corre tío, arranca!”. Le daban manotazos al pobre chaval, ¡que más nervioso se ponía!, hasta que consiguió dar un acelerón que hizo derrapar el coche, saliendo despavoridos.

Las tres nos quedamos asombradas. No sabíamos muy bien qué había pasado hasta que nos miramos a nosotras mismas. Entonces vimos los que ellos habían visto: tres almas lúgubres -tapadas como estábamos con mantas oscuras-, alumbradas por la débil llama del quinqué. ¡Y nos tronchamos de la risa!

Nunca más se cruzaron por allí y poco después, dejó de oírse completamente sobre la caza del zorro. A día de hoy, todavía nos reímos al recordarlo. Me imagino, que a su manera, ellos tampoco lo olvidarán.




Licencia Creative Commons, no comercial. Con reconocimiento de autor: Dori Espejo

La imagen es de Kyle Richer.

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