RELATO: "LA SEÑORA" de Dori Espejo



Esta semana empiezo en doriespejo.com la recopilación de los relatos que publiqué en la revista literaria digital Juegos Florales (actualmente en transformación). 

Este fue el primero que escribí para la revista y se publicó en abril de 2015.
Si me sigues, podrás ver que todos mis relatos invitan a la reflexión. Es la forma en que más me gusta expresar mi faceta literaria (aunque tenga excepciones).

Comparto este y los siguientes en las próximas semanas, con mucho cariño. 

¡Ah! Un detalle. Al pasar el relato a la entrada del blog, la maquetación la he tenido que variar considerablemente ya que no tiene nada que ver un blog con un libro o una revista ;) Por favor, tenlo en cuenta.

Ahora sí. Te dejo con el relato. Espero que lo disfrutes y, al final, en los comentarios, me dejes tu opinión constructiva.

¡Gracias por leerme!






La Señora
Dori Espejo


En los albores de la historia alguna vez contada, la tensión dominaba a los habitantes de la región báltica.


Esparcidos por aquél vasto territorio cubierto de nieve, numerosas comunidades combatían sin piedad en incontables batallas que teñían de rojo aquél eterno invierno. Una obsesión los embriagaba por igual: la idea de subyugar a sus rivales, imponer su voluntad, adueñarse de las tierras colindantes.


El germen que había producido aisladas reyertas, maduró a tal punto que aquellas gentes no conocían motivo alguno por el que vivir que no fuese luchar. Según aumentaba la intensidad de las masacres de los que se proclamaban vencedores, el odio y el miedo endurecía el espíritu de los pueblos vecinos.


Arrastrados como en una corriente a través de los siglos, llegó la noche en que se esparció el rumor de una batalla final, aquella que los libertaría trayendo consigo una época de paz. Pero lejos de sentirse esperanzados, aquellos hombres y mujeres embravecidos acostumbrados a la violencia, estaban confusos sin saber cómo encajar esa idea desconocida. Si vivir es luchar, ¿cómo podían estar en paz?


Sin embargo, una fuerza proveniente del destino los incitaba a seguir, la gran batalla se empezó a gestar. Un silencio recorría valles y montañas. Los días y las noches que pasaban encrudecían esa realidad. Nadie lo mencionaba pero todos lo sabían.


En los confines de aquella gran región, desde las localidades más extensas a las más insignificantes, hombres y mujeres, niños y ancianos se preparaban físicamente y proclamaban a los dioses para que en ese día, no los abandonaran.


De todas las deidades a las que ellos veneraban, tenían gran predilección por la Señora, que amaban y temían con la misma intensidad. Le rendían homenaje para después cuidar que no fuese nombrada. Sabían que si despertaban su furia, todo estaría perdido. Ella los sostenía en su mano de la misma manera que la tierra soporta cualquier forma de vida.


El aliento era cosa de Ella.



La presión silenciosa de lo que les acechaba, hacía que los rituales y sacrificios se ejercieran con asiduidad. Magos y caudillos lograban mantener los ánimos bajo control. Los cánticos y rezos, el choque y afilar de las armas, envolvían a las villas de la región báltica.


Las palabras sobraban. Sólo una idea les hacía caminar con el entrecejo fruncido. La paz. Una amenaza que les causaba mucho más terror que todas las batallas que ellos y sus ancestros hubiesen vivido. Una época sin luchas significaba que sus gentes se volverían débiles, confiados y un blanco apetecible para otras tribus desconocidas que los atacarían por sorpresa y les harían cosas tan terribles que ni ellos mismos podían imaginar.


Mientras existieran las batallas podían aspirar a convertirse en héroes sanguinarios que serían venerados por toda la eternidad. La paz los volvería cobardes, sumisos ante cualquier ataque. Preferían seguir viviendo de la forma que conocían.


Aun así, el día señalado, el fin de los tiempos, llegó. Muchas aldeas se habían unido con la esperanza de vencer a los pueblos más poderosos. Todos los bandos caminaron durante días y noches para llegar al lugar señalado.


Con los ánimos recobrados ante la inminente lucha, el silencio que los había envuelto meses atrás, se transformó en un rugir feroz. Los pasos brutales de aquellas gentes, hacían retumbar el suelo que pisaban. Los gritos de guerra desbordaban su espíritu ambicioso.


–“¡El territorio báltico será nuestro!”


Y llegaron al punto de inflexión donde sus destinos estaban sellados. Durante un minuto que se hizo eterno, el mundo se detuvo. Los corazones latían con furia marcando el ritmo de la cuenta atrás. El aliento transformado en vaho, salía palpitante en medio de tanta excitación. 


De pronto, los gritos al unísono hicieron crujir toda la comarca. El caos reinó. Los golpes, las espadas y puñaladas, cegaron a aquella gente indómita, que mataban despiadadamente sin poder distinguir a quiénes les estaban arrebatando la vida.


Y en medio de aquella sangrienta batalla, los vientos que anunciaban a la Señora empezaron a soplar. Fríos, susurrantes: “Lo siento hijos... No habéis comprendido nada”, parecían decir.


El terror embriagó a los combatientes. Un terror que ni la sangre derramada había logrado infundir.


La Señora llegaba. Implacable. 


A su paso, las rodillas se doblaban, todos los seres rendían homenaje. Su acción era comparable a una madre que cobija a sus hijos en medio de la tormenta. Protectora. Sin opción a réplicas.


Pero también era una maestra. La Maestra. Y ese era el gran terror que causaba. Porque con Ella, la Verdad se hacía libre golpeando toda consciencia e invadiendo sus almas.



Ante la brutal comprensión que los acogió por sorpresa, los hombres dejaron caer sus armas y con ojos desorbitados se miraron unos a otros. Las lágrimas brotaban y sus manos se abrían en tono de súplica, transmitiendo lo que con palabras no podían expresar:

– “¿Qué hemos hecho?”, “¿qué extraña locura nos ha invadido?”...



Ahora entendían todo. Habían sido esclavos de la Mentira: “Es mío, me pertenece y necesito más”. “Debo luchar”. “Seré poderoso y estaré seguro”. Una risa irónica los inundó.


¿Seguros? ¿Poderosos? ¿Nuestro? ¡Jamás! Ante la Señora no existían las diferencias que ellos veían. Líderes y súbditos, héroes y vasallos. Inmersos en una ilusión.


Ella todo lo daba y todo lo quitaba. Llegaron a un punto donde creer que algo había sido de ellos alguna vez, les pareció pura fantasía. 


¿Qué era aquello que los había manejado sin contemplación? ¿Ego? ¿Ambición? ¿O tal vez temor?


El miedo a ser conquistados y más aún, a ser considerados débiles, convirtió sus vidas en una guerra eterna. Se habían alejado del Saber que la Señora representaba. Y ahora, uno a uno se fue doblegando ante Ella. 


La profunda comprensión que los embriagó se transformó en un profundo “lo siento”.


Habían buscado la inmortalidad de su pueblo, de sus gentes, aunque esto sólo lo pudiesen lograr transformándose en leyenda. Pero la función había terminado. La escena se volvió absurda. Inútil lucha. Inútil guerra que había sido guiada por un secreto miedo a la Señora. La misma que ahora llegaba, arropándolos con su calidez y dejando gélidos sus maltrechos cuerpos. ¿A Ella era a la que tanto temían? 


El orgullo, la ambición, el deseo de poder, se esfumaron ante el inevitable final. La rendición absoluta los llenó de paz. Los liberó.



La Señora, la Maestra, la Muerte, había llegado.



Nada es nuestro.

Ni siquiera nuestro cuerpo que desde el primer aliento, nos acompaña.

Y un día la Muerte irremediablemente vendrá, a recordárnoslo.




Licencia Creative Commons, no comercial. Con reconocimiento de autor: Dori Espejo



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