RELATO REFLEXIVO: EL ABUELO DE EZEQUIEL (5ª parte)



Ezequiel esperó a que su abuelo despertara de la siesta. Sabía que los días grises lo dejaban apocado, pero pronto, cuando llegara el buen tiempo, volverían a sus paseos.

–¡Hola abuelo! –saludó cuando lo vio levantarse.
–¿Pero todavía estás aquí muchacho? ¿Cómo que no estás jugando con tus amigos? –Aquellas preguntas lejos de sonar a regañina, mostraban la sorpresa del hombre al encontrarse a su nieto en el salón, con la televisión a un volumen muy bajo para no hacer ruido.
–Me dejaste con la intriga... –El niño ladeó la cabeza e hizo esa mueca pícara de cuando esperaba que le dieran algo a lo que no pensaba desistir.
El abuelo rió de buena gana, le removió cariñosamente el pelo y se dirigió a la cocina.

–¿Te apetece merendar? –Le preguntó dando una voz para que el chiquillo lo escuchara, pero anticipándose a la repuesta, ya se había agachado a coger la cacerola donde calentaría la leche.
–Sí, la verdad es que me ha entrado hambre. –Respondió Ezequiel mientras se acercaba a echar una mano. Sacó dos tazas, las cucharillas, las servilletas y el bote con galletas. Lo preparó todo en la mesa de la cocina y en seguida, estaban los dos sentados, uno al lado del otro, bebiendo la leche caliente.

Pero el anciano sabía que el niño quería seguir con el tema que dejaron a medias hacía poco más de una hora. 

–En el fondo, todos tenemos alguna parte de la realidad que nos cuesta aceptar, ya sea de nuestro físico, de nuestra personalidad, de algún error que hayamos cometido... Así que, cuando encontramos que los demás no aceptan la verdad y eso nos moleste, es bueno reflexionar -más que nada por nuestra propia evolución-, en qué parte de nuestra vida -presente o pasada-, no nos aceptamos. A fin de cuentas, el exterior es un espejo del interior. A veces ese espejo es como el que vimos en el parque de atracciones aquella vez, ¿recuerdas? Aparece todo a unas dimensiones exageradas. Tal vez dentro de ti no tenga una magnitud tan grande como lo que ves fuera, pero es la única forma de que te des cuenta que hay algo en qué trabajar.

El hombre detuvo su discurso para comerse una galleta y dar un sorbo de leche. Lo hacía con tranquilidad y con una ligera sonrisa que le iluminaba el rostro. Ezequiel se mantenía en silencio, sin parar de comer y pendiente de captar bien todo lo que su abuelo le decía.

Otras veces le había explicado que el efecto del espejo incluso podía reflejarte un pensamiento, ni siquiera hacía falta una acción. Por ejemplo, puedes estar muy enfadado porque alguien ha criticado tu trabajo, cuando en el fondo, lo que te está molestando no es lo que la otra persona opine, si no que tú no estás completamente satisfecho (y tratas de ocultarlo, no lo aceptas porque el ego te lo impide o ni siquiera te has dado cuenta de esto). Como ves, no ha hecho falta que hayas ido criticando tu propio trabajo por ahí o comentando tus faltas, si no que se trata de algo que en el fondo crees.
Cuando hay total transparencia entre lo que sientes en tu interior y lo que tu mente dice, aceptas otras opiniones y más que verlas como un ataque, las ves como una oportunidad de mejorar. Por eso la humildad, contrario a lo que se piensa, es de valientes. Para ser humilde has tenido que vencer al ego y tal vez sea una de las luchas más difíciles de ganar.

Cuando te abres a la verdad, el ego cae, y la nobleza, el amor, la libertad..., fluyen.

–Así que, el primer antídoto de esos casos en que los demás se ofenden por decirles la verdad sin tapujos, es mirar en qué parte de tu vida hay algo que no aceptas. Puede ser de más o menos magnitud. No importa. A veces, hasta puede ser un detalle que consideres insignificante porque, por lo general, te aceptes. Pero ese detalle es vital para tu evolución, por eso es que se te representa en alta escala delante de ti.

Hubo otra pausa. El abuelo era muy consciente de lo necesario que era dejar que la mente de su nieto repasara bien cada idea hasta decidir si la comprendía y la asimilaba o si por el contrario, habían lagunas que necesitaba aclarar. El niño hizo un movimiento afirmativo con la cabeza. En realidad, nada de esto era nuevo para él. En sus numerosas charlas, el pequeño había aprendido muchos conceptos que le servían para comprender este tipo de enseñanzas.

–El segundo antídoto es amar la situación. Pero al ser una medicina mucho más difícil de obtener, tenemos como vía fácil repetir mentalmente te amo o gracias, cuando nos sentimos molestos por el rechazo a la verdad. De alguna forma, sólo por repetir estas poderosas palabras, borraremos estas memorias de mentiras, y lo bueno, Ezequiel, es que si usas este antídoto, no es necesario sentir nada. 
–¿Y cuál de los dos es mejor? –Preguntó el niño con el carrillo lleno de galletas antes de terminarse de beber el poco de leche que le quedaba.
–En realidad, si te fijas, son tres. Uno es la introspección, es decir, preguntarte en qué parte de tu vida no aceptas la verdad o la realidad. El segundo es amar ese aspecto que padecemos los humanos. Pero este punto es el más difícil de conseguir así de primeras. Sin embargo, si lo consigues, no es necesario nada más. El amor lo cura todo...

El abuelo empezó a recoger la mesa. Puso las tazas en el fregadero y Ezequiel siguió su ejemplo terminando de retirar lo que quedaba.

–Y el tercero, es tal vez el más fácil de hacer cuando no puedes meditar. Y tiene la ventaja de que mientras estés pensando esas palabras mágicas, te ahorrarás estar rumiendo el problema.

Y con un guiño a su nieto, el tema concluyó.


DE MOMENTO, POR TENER QUE ATENDER NUMEROSOS PROYECTOS, DETENDRÉ ESTE RELATO. 
MÁS ADELANTE CONTINUARÁ, HASTA LLEGAR A LA ÚLTIMA ENTREGA. 
MIS SINCERAS DISCULPAS. 


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