RELATO REFLEXIVO: EL ABUELO DE EZEQUIEL (3ª parte)


Al niño Ezequiel, el camino de regreso al coche, se le hizo muy corto. Las palabras de su abuelo calaban en su alma y le hacían pensar.

–La tercera forma que tiene nuestra mente de alejarnos de la realidad y hacernos sufrir..., –reanudó el anciano, –es creyendo que ciertas cosas deberían ser diferentes a como son. ¿Cómo podemos demostrar que estos "tendrían que ser diferentes" son verdad?

Esa pregunta hizo que el chiquillo adoptara un gesto dubitativo. No sabía muy bien qué responder. Que él supiera, no había forma de demostrarlo por tanto...

Todo es como es. –Concluyó el hombre mientras daba unos pasos más acelerados para cruzar una pequeña calle que interrumpía la acera por donde ellos estaban pasando.
–Pero abuelo, entonces... –el pequeño trataba de expresar con palabras el remolino de ideas que venían a su cabeza. –¿Quieres decir que no tenemos que hacer nada por cambiar el mundo, por mejorarlo..?

El anciano sonriente le removió el pelo a su nieto. Siguieron caminando mientras un silencio se hizo entre ellos. No era ese tipo de silencio que surge cuando dos personas no saben qué decir y buscan desesperadamente una palabra, un hilo de conversación que rompa la incomodidad que les atenaza. No. Era justo lo contrario. Un silencio que ambos acogían con agrado porque, su profundidad, les hacía abrir sus corazones y unirlos.
El sonido de los coches, las motos, de la gente que también había decidido pasear aquella agradable tarde de otoño, todo, absolutamente todo, quedaba en segundo plano.

El abuelo andaba a un ritmo continuo, apoyándose en el bastón con la mano derecha, mientras que la izquierda, se la daba a Ezequiel. Se detuvieron en un semáforo y sólo cuando cruzaron -tras ponerse el símbolo del peatón en verde-, la conversación continuó.

–Los planetas giran, los cometas siguen su curso, las estrellas nacen..., mueren..., en un equilibrio acorde a su naturaleza. Lo mismo ocurre con las plantas, los animales, el viento, el agua... Hay períodos de sequía y períodos de humedad. También hay zonas propensas a un clima o a otro. Todo es como es. Pero entonces, aparece la mente humana. "Tú deberías ser más amable, tú deberías ser más delgado, tú deberías ser...", con infinitos deberías. "Esto tendría que ser así, aquello también, eso otro no...". Y con estos pensamientos, nacen la amplia gama de emociones dolorosas. Llevamos siglos y siglos creyendo que las cosas, los acontecimientos, las personas, en definitiva, la realidad debe ser diferente. Y, sin embargo, veo que sufrimos cuando creemos eso.

Llegaron al coche pero, antes de entrar, se detuvieron un rato. El abuelo miró al cielo, que se dejaba entrever entre las copas de los árboles. Una brisa le acarició el rostro y su cara reflejaba la paz que tanto le caracterizaba. Se recreó en inspirar el aire a conciencia, con los ojos cerrados.

Ezequiel lo miraba divertido. El viento empezó a soplar más fuerte, haciendo que algunas hojas de los árboles pasaran rodando entre sus pies, llamando la atención del pequeño.
El hombre abrió el coche y mientras su nieto subía y se acomodaba en su silla elevadora, puntualizó con voz ligeramente ronca:

–Puedo disfrutar de la brisa y si ésta se pone a soplar con fuerza, puedo decidir resguardarme de ella si así me apetece o lo veo oportuno. Pero pensar, por ejemplo, que por qué se ha tenido que levantar viento con el tiempo tan bueno que hacía, que no tenía que haberse levantado esta ventolera..., sólo va a hacer que me enoje y a fin de cuentas, el viento seguirá soplando hasta que en algún momento -que nada tiene que ver conmigo-, se detenga. ¿Para qué creer las historias que la mente me cuente sobre él? ¿Entiendes, Ezequiel? –El anciano dio un pequeño tirón del cinturón de seguridad, cerciorándose de que estaba bien abrochado y miró al niño a los ojos para finalizar: –Cuando aceptas, ves la realidad tal como es, no como crees que tendría que ser y, entonces, decides qué hacer al respecto pero desde un punto de vista claro, liviano, sin cargas emocionales innecesarias... Si te fijas bien, siempre que algo te molesta, que te hace sufrir, es porque quieres que sea de una manera distinta a como es y con ese deseo de no aceptación, empieza el dolor. Entonces, te vuelves menos vital, menos productivo, menos creativo... Es mucho más difícil dar con la solución y llevar a cabo acciones de mejoras si estás abrumado por el sufrimiento. Por eso, aceptar, no significa necesariamente no hacer, en mi experiencia, ocurre lo contrario. Si hay algo que puedas hacer, lo harás mucho mejor si el primer paso es aceptar.

–Y además, sería más feliz –puntualizó el niño con una mueca cómica.
–Ja, ja, ja... ¡Así es pequeño, así es!

CONTINUARÁ

SI TE HA GUSTADO, POR FAVOR, COMPARTE.  
Como autora, es un aliciente para continuar la historia que, de momento, no tiene un número de entregas predefinido.
O si lo prefieres, déjame un comentario con tu opinión . Me ayudarás a mejorar.
MUCHAS GRACIAS. 


Licencia Creative Commons, no comercial con reconocimiento de autor: Dori Espejo

  

No hay comentarios