RELATO REFLEXIVO: EL ABUELO DE EZEQUIEL (2ª parte)



Aquella tarde, el niño Ezequiel estaba especialmente contento. Su abuelo lo iba a llevar al parque, pero no al que tenía enfrente de su casa, si no al que había al otro lado del pueblo y que tanto le gustaba. Tenía toboganes grandes y pequeños, varios columpios, una tirolina, y un pequeño campo de fútbol donde podía jugar con otros niños.

Además, sabía que lo llevaría en su coche escarabajo. Era muy antiguo, pero estaba en muy buenas condiciones y para él, el simple hecho de dar una vuelta en ese vehículo, ya era una distracción que le entusiasmaba.
Siendo consciente de que su nieto iría más de una vez a acompañarlo en sus paseos y escapadas, el anciano había hecho instalar, hacía un par de años, los cinturones de seguridad en los asientos de atrás, sin olvidar comprar una sillita elevadora para no estar siempre pendiente de llevarla.

Una vez llegaron al parque, Ezequiel no paró de jugar. Las dos horas que estuvieron allí le parecieron un santiamén de tanto que se divirtió. Antes de regresar, decidieron dar una vuelta por aquél lugar, haciendo primero una visita al kiosco para comprar un paquete de gusanitos que, el niño, se fue comiendo con mucho gusto.

Caminando y caminando, llegaron al paseo marítimo. Se sentaron un momento en uno de los bancos cuya orientación daba para el mar. Delante de ellos, un poco hacia la derecha, vieron a una mujer sentada en la arena. Se notaba a una legua que se sentía muy infeliz, tal vez incluso tuviera depresión.
El pequeño se quedó observándola realmente conmovido y el abuelo, que se había percatado de que su nieto trataba de comprender qué le pasaba a aquella mujer, le dijo de forma serena:

–Cuanto más sufrimiento experimenta una persona, Ezequiel..., más viciada está su mente de pensamientos alejados de la realidad.
El niño giró su cabeza para mirarle a los ojos antes de responder:
–Pero si una persona piensa en algo que de verdad le ha pasado...
–Ahí está. Ha pasado. ¿Y hace cuánto que ha ocurrido? Los humanos tenemos tendencia a alargar ese tiempo y con ello, el sufrimiento. Nos quedamos anclados en algo que ya no existe, que sólo nuestra mente sigue recreando.

Como siempre, el hombre se detuvo. Las pausas daban paso a la reflexión.

–También puede ocurrir lo contrario –agregó, –que la persona viva preocupada por el futuro. Esa es otra historia a la que la mente le gusta engancharse. Pero..., si está contando algo negativo sobre lo que va a pasar, ¿acaso no puede darse también lo positivo? ¿Cuántas veces las soluciones nos llegan de la forma menos esperada? –El niño recordó varios ejemplos que podrían dar respuesta afirmativa a estas preguntas, pero sólo se limitó a asentir con la cabeza para no interrumpir a su abuelo. –No olvides una cosa Ezequiel, quien no cree en la solución, vive cerrado a los milagros.

Ambos se quedaron en silencio. El pequeño se preguntaba cuál de las dos cosas estarían afligiendo a esa mujer tan triste y solitaria.

–Pero aún hay otra forma de alejarse de la realidad y sufrir... –El abuelo dijo estas palabras mientras se levantaba y hacía señal de que ya era hora de volver.
–¿Cuál, abuelo?
–Te lo contaré de camino al coche...

CONTINUARÁ

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Como autora, es un aliciente para continuar la historia que, de momento, no tiene un número de entregas predefinido.
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Licencia Creative Commons, no comercial con reconocimiento de autor: Dori Espejo



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