RELATO REFLEXIVO: EL ABUELO DE EZEQUIEL (1ª parte)



Lo había llevado a orillas del mar. La brisa persistente, el frescor que los envolvía y el acortamiento de las tardes de verano, anunciaban al niño Ezequiel, que el otoño había llegado.

El abuelo dejó a un lado el bastón que siempre lo acompañaba. Respiraba relajado, sentado en la arena, con la mirada perdida. La mar estaba tranquila y los colores sonrosados del atardecer, acentuaban la sensación de calma que los embriagaba.
Pronto, las palomas que por allí habitaban, empezaron a rondar alrededor. El pequeño, que había sido previsor, empezó a echarles migas de pan provenientes de los restos del bocadillo que su madre le había puesto para merendar.

El anciano dejaba que el niño disfrutara a su manera. De vez en cuando, apartaba la vista del horizonte para observar al inquieto chiquillo que tantas alegrías le aportaba. Verlo correr detrás de las palomas y reír, le confería un aire fresco a su espíritu ya mitigado por el paso de los años. No tenía prisa. Sabía que, cuando se cansara de su juego, iría a su lado y esperaría para escucharlo.
Su nieto era una personita ávida de sabiduría. Acogía con agrado las reflexiones del hombre y le gustaba exponer su puntos de vista -aún vírgenes-, del que el abuelo también se enriquecía.

Tal como él esperaba, no transcurrió mucho tiempo para que el niño se sentara a su lado y adoptara su misma postura: piernas dobladas envueltas con sus finos brazos, los cuales se mantenían unidos al  entrelazar las manos.

La conexión entre ellos envolvía de magia el ambiente. Donde quiera que estuvieran, el entorno se tornaba apacible. No importaban las tempestades previas que hubiesen reinado en el lugar. Si se daba que aparecían juntos, un silencio se abría a sus pasos y la paz regresaba.
En el pueblo, era famoso este efecto que despertaba admiración y recelo por igual.

Ezequiel observó a su abuelo. Intuía que hoy estaba poético. Se miraron sonrientes durante unos segundos, antes de que el hombre volviera su vista otra vez al mar y pronunciara con voz enronquecida:

"Le pongo alas a mis miedos
para que vuelen lejos,
más allá del cielo.
Los amo,
y por eso los dejo libres.
Libres de mí,
de mi apego."


–¿Les pones alas, abuelo?
–Sí, Ezequiel. Mira las gaviotas que se alejan hacia alta mar. Sólo es cuestión de sentir el miedo e imaginar que le pones alas. Entonces..., volará. Volará retirándose cada vez más de ti..., hasta que ambos, quedareis libres. Tú del miedo y el miedo de ti. 

El niño se quedó pensativo, reflexionando. De nuevo, la imaginación era una magnífica aliada, no sólo en sus juegos, si no en otros aspectos que su abuelo le mostraba. Cuando aceptó que, en realidad, eso era fácil de hacer, una nueva pregunta afloró: 
–¿Cómo puedes amar el miedo?
–Porque el miedo es inocente, Ezequiel. Es sólo un sistema de defensa de nuestra mente y nuestro cuerpo. Gracias a él, podemos evitar muchas cosas..., por ejemplo, que no te acerques demasiado a un barranco. –Hizo una pausa que consideró adecuada. La mente infantil de su nieto necesitaba un breve espacio de tiempo para sopesar la información que había recibido. El hombre carraspeó antes de proseguir: –Sin embargo, tenemos tendencia a apegarnos al miedo -y también a otras emociones que causan dolor-. Entonces, en el momento que nos damos cuenta que ese miedo, lejos de salvaguardarnos, nos bloquea y nos impide vivir una vida plena, debemos dejarlo ir. Y una forma de hacerlo es..., poniéndole alas.

CONTINUARÁ

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